Tomar la palabra

Invadimos, afanamos lo más discretamente posible, textos que emocionan, bellos, nunca nuestros.
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miércoles, 15 de julio de 2009

El problema italiano no es Berlusconi de Umberto Eco



No sé si será el pesimismo de la edad avanzada, si será la lucidez que trae consigo la edad, pero tengo mis dudas, no exentas de escepticismo, en cuanto a intervenir, a instancias de la redacción, en defensa de la libertad de prensa. Lo que quiero decir es que, cuando alguien tiene que intervenir en defensa de la libertad de prensa, es porque la sociedad, y con ella una gran parte de la prensa, ya está enferma. En las democracias que llamaremos ‘fuertes' no es necesario defender la libertad de prensa, porque a nadie se le ocurre limitarla.

Esa es la primera razón de mi escepticismo, de la que se deriva todo un corolario. El problema italiano no es Silvio Berlusconi. La historia (yo diría que desde Catilina en adelante) está plagada de aventureros, no carentes de carisma, con muy poco sentido del Estado pero con un sentido muy acusado de sus propios intereses, que han deseado instaurar un poder personal, pasando por encima de parlamentos, magistraturas y constituciones, repartiendo favores a sus cortesanos y (a veces) a sus cortesanas e identificando su propio placer con el interés de la comunidad. Lo que pasa es que esos hombres no siempre han conquistado el poder al que aspiraban, porque la sociedad no se lo ha permitido. Cuando la sociedad se lo ha permitido, ¿por qué tomárselo a mal con esos hombres y no con la sociedad que les ha dejado hacer lo que han querido?

Siempre recordaré una historia que contaba mi madre que, a sus veinte años, había conseguido un buen trabajo como secretaria y mecanógrafa de un diputado liberal – y he dicho liberal. Al día siguiente de que Mussolini subiera al poder el diputado en cuestión dijo: "Pero en el fondo, con la situación en la que se encontraba Italia, a lo mejor ese Hombre sabe cómo poner un poco de orden". Pues bien, si se instauró el fascismo no fue gracias a la personalidad enérgica de Mussolini (oportunidad y pretexto), sino a la indulgencia y a la relajación de aquel diputado liberal (representante ejemplar de un país en crisis).

Por consiguiente, es inútil tomársela con Berlusconi que, digámoslo así, hace su oficio. La que ha aceptado el conflicto de intereses, la que acepta las rondas, la que acepta el laudo Alfano, y la que ahora habría aceptado sin demasiadas cuitas - si el presidente de la República no hubiese levantado una ceja - la mordaza que se le ha puesto a la prensa (por ahora de forma experimental) es la mayoría de los italianos. Si una cauta censura de la Iglesia no estuviera turbando en estos momentos la conciencia pública, esa misma nación aceptaría sin vacilar, e incluso con una cierta complicidad maliciosa, que Berlusconi se fuera de ‘velinas’– pero eso pronto estará superado, porque los italianos, y en general los buenos cristianos, se han ido de putas desde siempre, por mucho que el párroco diga que no está bien.

¿Por qué dedicar, entonces, a esas alarmas un número de 'L'espresso', si sabemos que el periódico llegará a manos de quien ya está convencido de esos riesgos de la democracia, pero en cambio no lo leerá quien está dispuesto a aceptarlos con tal de que no le falte su ración de Gran Hermano – y de muchos casos político-sexuales en el fondo sabe bien poco; porque una información, en gran parte sometida a control, ni siquiera se lo cuenta?

A ver ¿por qué hacerlo? El porqué es muy sencillo. En 1931 el fascismo impuso a los profesores universitarios, que entonces eran 1.200, un juramento de fidelidad al régimen. Sólo se negaron 12 (el 1 por ciento), que perdieron su puesto. Hay quien dice que 14, pero eso no hace más que confirmar hasta qué punto pasó el hecho desapercibido entonces, dejando un recuerdo un tanto vago. Muchos otros, que luego serían personajes eminentes del antifascismo posbélico, incluso aconsejados por Palmiro Togliatti o Benedetto Croce, juraron, para poder seguir difundiendo sus enseñanzas. Puede que los 1.188 que permanecieron tuvieran razón, por distintas razones y todas ellas honorables. Pero los 12 que dijeron que no salvaron el honor de la Universidad y, en definitiva, el honor del país.

Esa es la razón de que a veces haya que decir que no, aunque se sea pesimista y se sepa que no servirá para nada.

Por lo menos que pueda uno decir un día que lo dijo.

sábado, 2 de mayo de 2009

Texto de la condena a Galileo

1º. La condena de Galileo por el tribunal del Santo Oficio. "... Por cuanto tú, Galileo, hijo del difunto Vincenzo Galilei, de Florencia, de setenta años de edad, fuiste denunciado, en 1615, a este Santo Oficio por sostener como verdadera una falsa doctrina enseñada por muchos, a saber; que el sol está inmóvil en el centro del mundo y que la Tierra se mueve y posee también un movimiento diurno; así como por tener discípulos a quienes instruyes en la mismas ideas; así como por mantener correspondencia sobre el mismo tema con algunos matemáticos alemanes; así como por publicar ciertas cartas sobre las manchas del sol, en las que desarrollas la misma doctrina como verdadera; así como por responder a las objeciones que se suscitan continuamente por las Sagradas Escrituras, glosando dichas escrituras según tu propia interpretación; y por cuanto fue presentada la copia de un escrito en forma de carta, redactada expresamente por ti para una persona que fue antes tu discípulo, y en la que, siguiendo la hipótesis de Copérnico, incluyes varias proposiciones contrarias al verdadero sentido y autoridad de las Sagradas Escrituras; por eso este Sagrado Tribunal, deseoso de prevenir el desorden y perjuicio que desde entonces proceden y aumentan en menoscabo de la sagrada Fe, y atendiendo al deseo de Su Santidad y de los eminentísimos cardenales de esta suprema universal Inquisición, califica las dos proposiciones de la estabilidad del Sol y del movimiento de la Tierra, según los calificadores teológicos, como sigue: 1. La proposición de ser el Sol el centro del mundo e inmóvil en su sitio es absurda, filosóficamente falsa y formalmente herética, porque es precisamente contraria a las Sagradas Escrituras. 2. La proposición de no ser la Tierra el centro del mundo, ni inmóvil, sino que se mueve, y también con un movimiento diurno, es también absurda, filosóficamente falsa y, teológicamente considerada, por lo menos errónea en la fe. Pero estando decidida en esta ocasión a tratarte con suavidad, la Sagrada Congregación, reunida ante Su Santidad el 25 de febrero de 1616, decreta que su eminencia el cardenal Belarmino te prescriba abjurar del todo de la mencionada falsa doctrina; y que si rehusares hacerlo, seas requerido por el comisario del Santo Oficio a renunciar a ella, a no enseñarla a otros ni a defenderla; y a falta de aquiescencia, que seas prisionero; y por eso, para cumplimentar este decreto al día siguiente, en el palacio, en presencia de su eminencia el mencionado cardenal Belarmino, después de haber sido ligeramente amonestado por dicho cardenal, fuiste conminado por el comisario del Santo Oficio, ante notario y testigos, a renunciar del todo a la mencionada opinión falsa, y en el futuro, no defenderla ni enseñarla de ninguna manera, ni verbalmente ni por escrito; y después de prometer obediencia a ello, fuiste despachado. Y con el fin de que una doctrina tan perniciosa pueda ser extirpada del todo y no se insinúe por más tiempo con grave detrimento de la verdad católica, ha sido publicado un decreto procedente de la Sagrada Congregación del Indice, prohibiendo los libros que tratan de esta doctrina, declarándola falsa y del todo contraria a la Sagrada y Divina Escritura. Y por cuanto después ha aparecido un libro publicado en Florencia el último año, cuyo título demostraba ser tuyo, a saber: El Diálogo de Galileo Galilei sobre los dos sistemas principales del mundo: el ptolomeico y el copernicano; y por cuanto la Sagrada Congregación ha oído que a consecuencia de la impresión de dicho libro va ganando terreno diariamente la opinión falsa del movimiento de la Tierra y de la estabilidad del Sol, se ha examinado detenidamente el mencionado libro y se ha encontrado en él una violación manifiesta de la orden anteriormente dada a ti, toda vez que en este libro has defendido aquella opinión que ante tu presencia había sido condenada; aunque en el mismo libro haces muchas circunlocuciones para inducir a la creencia de que ello queda indeciso y sólo como probable, lo cual es así mismo un error muy grave, toda vez que no puede ser en ningún modo probable una opinión que ya ha sido declarada y determinada como contraria a la Divina Escritura. Por eso, por nuestra orden, has sido citado a este Santo Oficio, donde, después de prestado juramento, has reconocido el mencionado libro como escrito y publicado por ti. También confesaste que comenzaste a escribir dicho libro hace diez o doce años, después de haber sido dada la orden antes mencionada. También reconociste que habías pedido licencia para publicarlo, sin aclarar a los que te concedieron este permiso, que habías recibido orden de no mantener, defender o enseñar dicha doctrina de ningún modo. También confesaste que el lector podía juzgar los argumentos aducidos para la doctrina falsa, expresados de tal modo, que impulsaban con más eficacia a la convicción que a una refutación fácil, alegando como excusa que habías caído en un error contra tu intención al escribir en forma dialogada y, por consecuencia, con la natural complacencia que cada uno siente por sus propias sutilezas y en mostrarse más habilidoso que la generalidad del género humano al inventar, aun en favor de falsas proposiciones, argumentos ingeniosos y plausibles. Y después de haberte concedido tiempo prudencial para hacer tu defensa, mostraste un certificado con el carácter de letra de su eminencia el cardenal Belarmino, conseguido, según dijiste, por ti mismo, con el fin de que pudieses defenderte contra las calumnias de tus enemigos, quienes propalaban que habías abjurado de tus opiniones y habías sido castigado por el Santo Oficio; en cuyo certificado se declara que no habías abjurado ni habías sido castigado, sino únicamente que la declaración hecha por Su Santidad, y promulgada por la Sagrada Congregación del Índice, te había sido comunicada, en la que se declara que la opinión del movimiento de la Tierra y de la estabilidad del Sol es contraria a las Sagradas Escrituras, y que por eso no puede ser sostenida ni defendida. Por lo que al no haberse hecho allí mención de dos artículos de la orden, a saber: la orden de "no enseñar" y "de ningún modo", argüiste que debíamos creer que en el lapso de catorce o quince años se habían borrado de tu memoria, y que ésta fue también la razón por la que guardaste silencio respecto a la orden, cuando buscaste el permiso para publicar tu libro, y que esto es dicho por ti, no para excusar tu error, sino para que pueda ser atribuido a ambición de vanagloria más que a malicia. Pero este mismo certificado, escrito a tu favor, ha agravado considerablemente tu ofensa, toda vez que en él se declara que la mencionada opinión es opuesta a las Sagradas Escrituras, y, sin embargo, te has atrevido a ocuparte de ella y a argüir que es probable. Ni hay ninguna atenuación en la licencia arrancada por ti, insidiosa y astutamente, toda vez que no pusiste de manifiesto el mandato que se te había impuesto. Pero considerando nuestra opinión de no haber revelado toda la verdad respecto a tu intención, juzgamos necesario proceder a un examen riguroso en el que contestaste como buen católico. Por eso, habiendo visto y considerado seriamente las circunstancias de tu caso con tus confesiones y excusas, y todo lo demás que debía ser visto y considerado, nosotros hemos llegado a la sentencia contra ti, que se escribe a continuación.: Invocando el sagrado nombre de Nuestro Señor Jesucristo y de Su Gloriosa Virgen Madre María, pronunciamos esta nuestra final sentencia, la que, reunidos en Consejo y Tribunal con los reverendos maestros de la Sagrada Teología y doctores de ambos Derechos, nuestros asesores, extendemos en este escrito relativo a los asuntos y controversias entre el magnífico Carlo Sincereo, doctor en ambos Derechos, fiscal procurador del Santo Oficio, por un lado, y Galileo Galilei, acusado, juzgado y convicto, por el otro lado, y pronunciamos, juzgamos y declaramos que tú, Galileo, a causa de los hechos que han sido detallados en el curso de este escrito, y que antes has confesado, te has hecho a ti mismo vehementemente sospechoso de herejía a este Santo Oficio al haber creído y mantenido la doctrina (que es falsa y contraria a las Sagradas y Divinas Escrituras) de que el Sol es el centro del mundo, y de que no se mueve de Este a Oeste, y de que la Tierra se mueve y no es el centro del mundo; también de que una opinión no puede ser sostenida y defendida como probable después de haber sido declarada y decretada como contraria a la Sagrada Escritura, y que, por consiguiente, has incurrido en todas las censuras y penalidades contenidas y promulgadas en los sagrados cánones y en otras constituciones generales y particulares contra delincuentes de esta clase. Visto lo cual, es nuestro deseo que seas absuelto, siempre que con un corazón sincero y verdadera fe, en nuestra presencia abjures, maldigas y detestes los mencionados errores y herejías, y cualquier otro error y herejía contrario a la Iglesia católica y apostólica de Roma, en la forma que ahora se te dirá. Pero para que tu lastimoso y pernicioso error y transgresión no queden del todo sin castigo, y para que seas más prudente en lo futuro y sirvas de ejemplo para que los demás se abstengan de delincuencias de este género, nosotros decretamos que el libro Diálogos de Galileo Galilei sea prohibido por un edicto público, y te condenamos a prisión formal de este Santo Oficio por un período determinable a nuestra voluntad, y, por vía de saludable penitencia, te ordenamos que los tres próximos años recites, una vez a la semana, los siete salmos penitenciales, reservándonos el poder de moderar, conmutar o suprimir, la totalidad o parte del mencionado castigo o penitencia"